La Esmeralda.



 Ahora que los sonidos se mezclaban y el silencio parecía descender.

Allí, entre diferentes recuerdos, en uno de ellos, la Esmeralda crugía.

Un crepúsculo encarnado. Una suave brisa desafiaba el color de la existencia. Un árbol que sangra ríos desde su centro, esparciendo la mejor luz.

Nadie se atreve a tocar esas aguas. Nadie, menos los enamorados destinados a estar en Unión sólo a través del verdadero Amor o por lo contrario, como si de una maldición se tratase, se anhelarían eternamente.

El árbol danza, empañado, ligero y en partículas diminutas desintegra sus almas. Nacen de éstas, movimientos deliberados, golpeando armónicos por la existencia. Tan mezclados, como separados por su destino. 

Las ramas, taparon el Sol, como si la Oscuridad cubriese aquel lugar en un manto de olvido. Y sus hojas, comenzaron a caer sobre el cristal, que aún se encuentra tibio esperando a ese Amor y a todo un legado de elementales, que necesitan de esa Unión, para que la Luz sea de nuevo en aquel que fue siempre su hogar.


Ainoa Bravo Rodríguez 

Noa

3 comentarios:

  1. Ternura y amor,ambas cosas me ha trasmitido tu relato.
    Espero que too te vaya bien con tu dulce familia. Un beso cielo.

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado tu historia y la magia que navega en tus letras. Un abrazo

    ResponderEliminar
  3. El amor es luz, es la energía vital que nos mueve, y allí donde hay amor, siempre estará esa luz. Un texto lleno de magia como siempre transmites.

    Dulces besos Ainoa y dulce fin de semana.

    ResponderEliminar