La anciana, en uno de sus paseos con su nieta, cortaba la manzanilla que veía por el camino.
- Pero, abuela, ¿y si van pasando los años y no consigo lo que quiero? -.
- Sientes miedo, ¿tú le quieres? -. Dejaba las pequeñas ramas con delicadeza en esa cesta astillada de mimbre y por un instante, sus pequeñas manos experimentadas que hacían grandes cosas, dejaron de maniobrar.
- Es muy fácil quererle, abuela -.

- Querida, no existe un seguro de amor no correspondido. Pero si dices que es fácil quererle, es porque tú también sientes su amor hacia ti. Y si no es así, pequeña, si no estás segura espera, a veces simplemente no es el momento -.
- ¿Cómo sé que es el momento? -.
- Lo sabrás, confía en mí. El amor que es sincero, esperas que crezca en el corazón de la otra persona y cuándo no es así, serás feliz porque creció en el tuyo. Si le quieres en tu vida porque te hace bien, no te des por vencida, no digas adiós a alguien que te hace feliz y no puedes dejarla ir, de ese modo te harías daño porque vivirías entre muros. Deja que tus sentimientos sean libres -.
Su nieta se sentó en la arena, pensativa. Cerró sus ojos y de sus cuerdas vocales, se dejó libre.
- Desde éste lado del mundo todo se ve más claro -murmuró en un susurro- ¿para qué deslumbrar al mundo con su color? Quiero quedármelo. Arroparlo de emociones, guardar en una pequeña cajita su calor. Seguir sintiendo nuestro amor al unísono aún con nuestros cuerpos distantes -.
- Y supongo que sentirás también que tu pecho se encoje de un modo escalofriante -. Aquel lugar tan natural quebró entre sus risas.
- Sí, así es -.

- Pues abrázalo entre tus dedos inquietos siempre que encuentres la oportunidad de hacerlo-.


 

Texto escrito por: Ainoa Rodríguez Bravo

Noa

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